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viernes, 28 de julio de 2017

Cultura y Desarrollo II

Documento de Reflexión - Problemas Contemporáneos de la Gestión Cultural



La situación cultural que el mundo atraviesa hoy, por lo menos desde lo conceptual, debe ser analizada bajo los parámetros que implican los tan complejos procesos de modernidad y globalización con sus lógicas liberales dentro de la estructura capitalista que deviene en fases históricas que crean las condiciones en las cuales se gestan los paradigmas del conocimiento que nos permiten, desde diferentes perspectivas, abordar las problemáticas culturales que nos atraviesan.

Es fundamental, abordando la cuestión desde Lander en su texto “La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales”, pensar que epistemológicamente nuestro pensamiento está constituido dentro de un sistema capitalista moderno liberal, y que ésta configuración del saber deviene de la naturalización de conceptos que unen nuestra actualidad con siglos anteriores en una lógica lineal sostenida por la colonialidad del poder, del saber y del ser.

Esta estructura de pensamiento aplica tanto a lo territorial como a lo conceptual. Constituyendo así un colonialismo de los saberes, lenguajes, memorias, imaginarios, prácticas, etc., con tendencia a conformar un mundo unificado en tiempo-espacio bajo una narrativa universal, donde Europa es el centro y quien escribe, desde la ciencia, el relato de la historia desde su perspectiva (poder imperial). A partir de lo que se configura una universalidad excluyente porque se basa en una particularidad.
Esta universalidad niega todo derecho diferente al liberal, por lo que los espacios y culturas colonizadas “deben” abandonar sus prácticas para integrarse (subordinarse) a este único mundo que los ubica por fuera de la ya consolidada y desarrollada civilización europea, excluyendo sus saberes pero utilizando su fuerza de trabajo para continuar el proyecto de modernidad.
Es así que las transformaciones que implica el desarrollo - como la expulsión de los habitantes de sus tierras, la prohibición al acceso a los recursos naturales y el sometimiento al trabajo - alteran los cuerpos, los individuos, las formas de vida, las prácticas culturales, los territorios, el tiempo y el trabajo, para instalar una economía moderna (fabril), a la vez que naturaliza la resistencia misma al modelo impuesto ya que es considerado la única forma de vida posible. Y este único destino conduce a la imagen y semejanza de Europa, autopotenciada como la civilización más desarrollada, como destino al que toda sociedad debe aspirar a ser (o debe ser conducida), mediante una idea de progreso que tiende a jerarquizar y clasificar las diferencias, mientras se naturalizan las formas de una sociedad liberal-capitalista, mediante la ciencia, que como es el saber que produce la única civilización supera al resto de los conocimientos; todo ello dado en el marco de la modernidad como idea central.

Es decir, nuestra lógica de análisis y las categorías conceptuales se circunscriben en el devenir histórico en que el pensamiento científico  se constituye como una herramienta que afirma y reproduce la fuerza hegemónica del poder dentro de su modelo civilizatorio de carácter universal naturalizado en una sociedad capitalista liberal occidental.
Desde entonces las ciencias sociales han servido más para establecer diferencias y contrastes con la experiencia histórico-cultural-universal de Europa, que para el conocimiento de las sociedades a partir de sus especificidades histórico culturales. Y quienes generan la ciencia, las elites, se hacen cargo de la intersección de diferentes temporalidades históricas tratando de elaborar con ellas un proyecto global.
Los conceptos de evangelización, civilización, modernización, desarrollo y globalización establecen un patrón civilizatorio superior y normal donde se entrelazan y conforman un discurso. Y este patrón occidental se naturaliza como imaginario acotando dentro de sí muchas luchas sociales y debates político-intelectuales en Latino América.
Centralizando el poder/saber/ser en cinco países industrializados (Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y Estados Unidos) en la segunda mitad del siglo XIX,  la reconceptualización o adaptación de los siguientes términos se define en el diálogo de sus génesis y las consecuencias que apareja la actualidad.
Las ciencias sociales considerando “no-modernas” a las tradicionales cosmovisiones de América Latina, las coloca como expresión del pasado, negándoles la posibilidad de su contemporaneidad. Sin embargo, ejerciendo su capacidad de ver y hacer desde una perspectiva “otra”, el pensamiento social latinoamericano busca formas alternativas de conocer, cuestionándose los saberes coloniales/ eurocéntricos/ modernos/ civilizatorios en el continente.
La perspectiva pluralista, que acepta la fragmentación y las múltiples combinaciones que se dan entre tradición, modernidad y posmodernidad, es la que describe mejor la coyuntura latinoamericana. Y en la configuración del “nosotros”, atravesado por los movimientos de emancipación, expansión, renovación y democratización, emergen las ideas de los nuevos paradigmas latinoamericanos vinculados a la comunidad, el saber popular, la liberación, la perspectiva de dependencia, y la crítica del eurocentrismo legitimando y reivindicando su propia historia.
La globalización es un concepto definitorio en el proceso de (re)construcción identitaria y reconocimiento del saber propio en América Latina.
Si bien el proceso de globalización pretendía aplicar como un sistema que igualaba las condiciones socioeconómicas a la vez que impulsaba un sostenido proceso de uniformidad cultural, fracasó y hasta provocó lo contrario, ya que complicó el hecho cultural impulsando el renacimiento de las identidades y luchas reivindicatorias. Abriendo el escenario a la pluralidad, constituyendo sistemas complejos que implican la inclusión de múltiples culturas inmersas en las mismas lógicas políticas y organizaciones económicas y jerarquizando las relaciones en su interior. La diversidad se da en una misma sociedad, proponiendo la otredad sociocultural y las situaciones multiculturales en un mismo territorio.
En Latinoamérica la diversidad adopta la forma de la autonomía, sin embargo la tendencia vigente de un enfoque liberal genera contradicciones entre la particularidad étnica y la universalidad respecto a la compatibilidad con los derechos y las garantías de los individuos dentro de las naciones contemporáneas. Por lo que se opone el liberalismo duro al relativismo absoluto que terminan funcionando como las dos caras de una misma moneda dentro de las poblaciones unidas políticamente pero heterogéneas desde lo cultural. Lo que genera la necesidad de una legislación democráticamente convenida que favorezca la comprensión mutua entre las culturas y el establecimiento de puntos en común entre los diferentes grupos (interculturalidad), porque el problema de las identidades y los territorios ahora se circunscribe a las relaciones de los estado-nación y sus habitantes.
Es así como de ser “los otros” latinoamericanos, se comienza a desglosar un “nosotros” en una cantidad de “otredades” internas en el abordaje territorial respecto al análisis de las identidades culturales que, queriendo salir de un paradigma colonial que implica la dependencia y la misma “otredad”, reproduce dinámicas cotidianas con las mismas lógicas en el abordaje de las propias prácticas culturales.
En un artículo periodístico que rescata Barbero en el marco del Foro Mundial  Comunicación y diversidad, Barcelona, 2004, se explica al capitalismo como un conjunto de valores culturales arraigados a la competencia, las ganancias y el valor de la libertad, y estos no son compartidos universalmente por lo que la intromisión del capitalismo en las diferentes naciones representa un ataque a la política y a la cultura.

Para sumar a la causa, Appadurai agrega que la globalización ha introducido al menos tres complicaciones principales: intensifica las tensiones entre los inmigrantes y los ciudadanos, exacerba las políticas nacionales de identidad e intensifica las tendencias xenófobas nacionalistas.
En la era de la globalización se intensifican los movimientos poblacionales, que interaccionan con fronteras abiertas y libre comercio, lo que contribuye a difuminar las fronteras de la ciudadanía nacional ante el impacto de estos nuevos ciudadanos, a la vez que “el reconocimiento público y político a la diversidad cultural es aumentar una posible amenaza a la integridad nacional, ya que todas las naciones se basan en alguna forma de identidad cultural como componente dominante de la identidad nacional” (Appadurai, 2004).

Es decir, que las condiciones globales del capitalismo aplican con su lógica neoliberal en los Estados-Nación de América Latina, configurando su plítica y su cultura, ya que interpela la propia noción de Estado y el propio territorio comienza a ser un campo donde se dan distintas luchas de poder con nuevas prácticas y actores culturales “otros”.
Dentro del contexto de las sociedades hegemonizadas por el pensamiento neoliberal, existen situaciones de diversidad sociocultural que se expresan en relaciones de desigualdad signadas por la dominación y la subordinación de las culturas.
Estas formas tienen lugar dentro de Estados debilitados por el mercado, que funciona como agente organizador de la sociedad, perdiendo fuerza como actores simbólicos de la cohesión nacional.  Como principal consecuencia de esta relación mercado/estado se percibe un achicamiento de recursos públicos en relación a la cultura, ya que no es considerada rentable en términos productivos.
Barbero plantea que “la interculturalidad en las dinámicas de la economía y la cultura-mundo moviliza no solo la heterogeneidad de los grupos y su readecuación a las presiones de lo global, sino la coexistencia al interior de una misma sociedad de códigos y relatos muy diversos, conmocionando así la experiencia que hasta ahora teníamos de identidad”. Y son las transformaciones en la cultura las que nos exigen discernir dos concepciones acerca de la identidad, distinguidas por este autor como radicalmente opuestas. Una relacionada con raíces, raigambre, territorio, tiempo largo, y  memoria simbólicamente densa. Y otra, más actual, que implica las migraciones, movilidades, redes, flujos, instantaneidad y el desanclaje.
Las migraciones son un ejemplo claro de las causas/efectos de la globalización en la importancia de las prácticas culturales dentro del proceso de construcción de la identidad.
La construcción identitaria entendida como proceso cultural, material y social que en el caso de los migrantes se encuentra en una constante reconstrucción.
En busca de la comunión se agrupan por etnias y reinterpretan el territorio, reutilizando recursos (simbólicos, naturales, materiales) para manifestar su identidad, resistiendo en cierta medida al cambio y la cultura hegemónica del nuevo espacio,
“Deben construir su identidad a partir de una nueva situación en un territorio cultural que no le es propio, en el cual la alteridad es el modo de construirla. Esta realidad es lo que hace cuestionar la propia identidad” (Romero Laura, 2009).
En este diálogo entre culturas, donde se ponen en crisis los propios hábitos los inmigrantes deben adecuarse e insertarse en una nueva estructura social, lo que para Bourdieu es enfrentarse a un campo con otros códigos que no les son propios y donde su habitus se pone en crisis ante una nueva estructura social.
Nos encontramos entonces en un contexto donde los estados nacionales están atravesados por la pluralidad cultural, y la cuestión fundamental es el lugar del otro en esta dialéctica territorio/identidad.
Como plantea Appadurai, el pluralismo cultural está estrechamente vinculado con las concepciones que tenemos sobre gobierno, pertenencia y reconocimiento político. La condición para el pluralismo es una coexistencia que permita el desarrollo de las identidades en juego, y requiere de una guía que permita que estas relaciones se den de manera segura, creativa y de un modo sostenible.
El pluralismo sostenible entendido como “una situación en la que un número finito de diversos grupos culturales está organizado para relacionarse entre sí, de modo que cada uno de ellos tenga las máximas oportunidades para reproducir su identidad y para evolucionar creativamente en el tiempo (…) Y el asunto primordial es cómo hacerlo dentro de las sociedades nacionales particulares, organizadas políticamente como estados” (Appadurai y Stenou, 2001).
Los autores plantean entonces el problema del pluralismo sostenible, entendiendo  la condición de los sistemas culturales como la permanencia del cambio y la perduración de ciertas tradiciones. Por lo que deben mantenerse las condiciones para que todos puedan sobrevivir y reproducirse, a la vez que se deben también reproducirse y evolucionar las relaciones entre ellos. Lo que requiere un diálogo constante entre factores locales y globales, entre cultura e historia y entre políticas públicas (estado) y opiniones de las comunidades (nuevas voces).
Lo crucial de esta situación está en la relación que se da entre la defensa de la diversidad cultural de las comunidades y la conciencia ciudadana del derecho a la diferencia desde lo cotidiano, teniendo en cuenta la pluralidad y la norma de cada Estado en particular, donde el abordaje de lo nacional implica tener en cuenta las heterogéneas realidades del afuera y del adentro, y  la relación indisoluble de lo local con lo mundial.
Las nuevas condiciones globales  presionan al Estado al descentramiento de lo nacional a la vez que estimulan la integración regional. El escenario requiere la constante articulación de las partes y un esfuerzo de cooperación, sobre todo teniendo en cuenta el notable divorcio entre estado y sociedad que compromete la sostenibilidad cultural.
A través de los avances en el tema la UNESCO, en sus diversos seminarios y documentos, plantea un nuevo sentido de cooperación, entendiendo a la diversidad ya no como una pluralidad en la que “todo vale”, sino en relación a la alteridad referida a las culturas “otras” y subalternas, reconociendo los posibles conflictos que implican las relaciones interculturales, y dando cuenta de las asimetrías y las dominaciones existentes, que perduran y se manifiestan en la desigualdad social y en la discriminación política.
En el intento de superar la modernidad fragmentada y dominante, la globalización trae aparejada la decolonialidad del poder con nuevas dependencias económicas a nivel global, y territoriales a nivel local. La decolonialidad del ser  se contextualiza pujando entre la homogeneización global, el pluriculturalismo y el derecho a la propia identidad,  que implica el reconocimiento latinoamericano pero que también es llevado a lo territorial y lo cotidiano de cada Estado y su diversidad, y en ello se propone la decolonialidad del saber impulsada por las críticas a los paradigmas eurocéntricos de las ciencias sociales y a la reconceptualización de las definiciones del asunto pero con un revisionismo que debe interpelar las propias prácticas culturales. El eje está en visualizar las problemáticas interculturales que se mantienen vigentes y las que se generan ante las desigualdades, sobre todo teniendo en cuenta los movimientos poblacionales y las relaciones conflictivas que se dan entre las distintas identidades en un mismo suelo.
Poniendo en foco el proceso de construcción de la identidad, definida desde Romero, como una construcción histórico-cultural con rasgos significativos – valores, símbolos, tradiciones, creencias y comportamientos-  de las culturas que referencian a un determinado grupo que se encuentra en constante cambio. “La base de la construcción de la identidad, entonces, es la conciencia común de tener todo un conjunto de características que los identifican como pertenecientes a un grupo y diferentes al resto” (Romero,L. 27, 2009).
Las prácticas culturales de los migrantes  en los nuevos territorios adquieren profunda importancia, ya que deben negociar su identidad frente a los otros para poder reafirmarla y reconstruirla dentro de la lucha de poder  que posiciona a un grupo sobre otro. Se da entonces una identificación con la cultura propia mientras se manifiesta la diferenciación con la cultura dominante.
En estos casos la diversidad se da en un marco socio-cultural constituido por las diferencias étnicas, por la subordinación, las relaciones de dominación y la evidente desigualdad social como condicionamiento a estos grupos migrantes. Y esta situación es particular a cada grupo, a cada territorio y a cada momento en qué se presenta. Teniendo en cuenta que esa dominación y diferencia acentúa y refuerza la propia identidad migrante. Por lo que la inclusión estaría en un horizonte lejano si la cultura dominante constituida por la nacionalidad del Estados no ejerce políticas públicas culturales directas y eficaces.
Estas relaciones de asimetría no solo despiertan la necesidad de políticas sino que también lo que María Rosa Neufeld llama “discurso de la tolerancia”. La tolerancia como una noción compleja, donde el diferente es inferior y el tolerante es el qué decide qué es lo tolerable y qué no. Por otro lado, la concepción del “otro”  en tanto extranjero como un “invasor, ocupante ilegal, intruso, delicuente, inmigrante ilegal, indocumentado, usurpador de puestos de trabajo, etc” (Montesinos, Pallma y Sinisi, 1997, citado por Neufeld 2006).
Es decir, que se vuelve a reproducir una lógica de dominación y de etnocentrismo. La misma con que se juzga a aquellas “civilizaciones” que imponían sus normas y disminuían al “otro”, pero esta vez se da entre vecinos latinoamericanos.
 “La democratización del debate cultural depende de la dignidad económica y de la emancipación financiera de la gente corriente en tantas comunidades como sea posible (…) para garantizar que los argumentos a favor de los derechos culturales no sean solamente eslóganes de las elites autoelegidas que realmente perjudican a los intereses de los grupos enteros dentro de la comunidad, tales como las mujeres, los niños, los ancianos u otras víctimas de la discriminación” (Appadurai, 2001)
Por lo que no se puede pensar  la problemática de las identidades en los territorios sin hablar de derechos culturales y de pluralismo sostenible, y antes aún de políticas de dignidad, inclusión, democratización y respeto. Los derechos culturales deben pensarse y aplicarse con el objetivo del bienestar de todos los ciudadanos. El pluralismo cultural necesita Estados que concedan a los distintos grupos culturales el derecho a la diversidad y la participación en la esfera pública, abrir la soberanía reconociendo a todos los ciudadanos por igual, descentralizando el nacionalismo y considerándose depositarios de la pluralidad y garantes de su sostenibilidad.

Dos herramientas fundamentales para estos objetivos son la educación y la comunicación. La primera como un derecho que implica una obligación, una proyección a futuro para las comunidades venideras en pleno compromiso con la coexistencia y el fomento a la pluralidad. La segunda para reafirmar y contar la vida cultural. “Para que la pluralidad de las culturas del mundo sea políticamente tenida en cuenta es indispensable que la diversidad de identidades pueda ser contada, narrada” (Barbero 2004). Y en la actualidad los avances tecnológicos facilitan una multiplicidad de formas de comunicar. Estas transformaciones comunicacionales tienen una relación directa con la democratización del saber y con la configuración de las identidades. La reconfiguración de las culturas pasadas responde a la intensificación de la comunicación y a la interacción que permite entre culturas de diferentes lugares del mundo, rompiendo algunas fronteras de exclusión, dando lugar a nuevas voces.

 La comunicación como dimensión fundamental para el revisionismo histórico en esta búsqueda independiente de América Latina por reconstruir su historia, refundar sus lazos y fomentar a la interculturalidad en la nueva fase de la cooperación, estableciendo redes de intercambio de información, artistas, gestores, formaciones, tanto en lo macro social como en las dinámicas territoriales cotidianas. La comunicación y las redes culturales como nuevos espacios públicos haciendo frente a las barreras políticas y territoriales, dando lugar a nuevas expresiones.
Abrir el relato universal que pretenden las ciencias sociales es fomentar la comunicación para el (re)conocimiento, para que no solo seamos herederos del pasado sino hacedores de futuro.

Gestión Cultural y Desarrollo I


Es preciso plantear como idea inicial que el desarrollo es un proceso mucho más complejo y global que el mero crecimiento económico, y en ello cabe reconocer el rol fundamental de la cultura como un factor determinante y transversal a todo este proceso.
Desandar el concepto de desarrollo es tan arduo como el mismo trabajo en el concepto de cultura, y según definamos ambos podremos esbozar una definición a esta problemática que persiste en la actualidad.
En su comienzo, por la década del 50, en un contexto global de post-guerra comienza a tomar importancia el asunto de desarrollo, con una contracara opuesta, el subdesarrollo.  La idea fuerza del momento se asociaba a un mundo contemporáneo que aspiraba al crecimiento económico entendido este en términos a largo plazo y definido en oposición al “estancamiento secular” de la teoría keynesiana.
Con el foco puesto en el aumento progresivo y continuado del producto interno en un período determinado se comienza a forjar una concepción lineal y puntual del desarrollo, medido en términos de tasa de crecimiento y con una especial atención al PNB y las innovaciones tecnológicas que contribuyan a acrecentarlo.
Este desarrollo económico, por entonces basado exclusivamente en la inversión del capital, el aumento de la cantidad de bienes y servicios, la importancia de la tecnología y la industrialización, tenía como objetivo lograr la modernización.
El proceso de desarrollo conllevaba entonces a cambios estructurales en los sistemas político, económico y social que tenían como guía los modelos de los países desarrollados.
Desde esta postura economicista del desarrollo, se imparte una lógica de modernización y desarrollo entendido como crecimiento económico desde una matriz occidental.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio, documentados y evaluados por Naciones Unidas
plantean distintas problemáticas (pobreza, mortalidad infantil, democracias dañadas, guerras, drogas, educación, medioambiente, rol de la mujer y maternidad), pero no problematiza la cultura como medio para lograr los objetivos y ver los cambios que pretende, y tampoco la percibe como fin en sí misma para que cada población pueda asimilar sus falencias y coopere con un objetivo común de mejoría. Es decir, se proponen indicadores y concepciones de medición con valores comparativos que distan de las realidades y percepciones de las diferentes modalidades de vida y cultura de los países involucrados como subdesarrollados.
La cuestión muchas veces no tiene que ver con falta de voluntad, sino con falta de recursos,  y la cooperación internacional de la ONU por lo general no solo aporta recursos sino matrices establecidas, pensadas desde estructuras que no son las reales en cada comunidad.  Es decir, las ideas para revertir las situaciones problemáticas tienen más que ver con la vista y el análisis que se hace desde afuera de esa cuestión y no teniendo en cuenta los medios, recursos, necesidades, tradiciones, usos, prácticas cotidianas y realidades concretas de cada grupo o sector que conforma el tejido social en el que se pretende intervenir.
El hecho de no tomar en cuenta los aspectos fundamentales que constituyen cada cultura invisibiliza las identidades locales, ya que se elabora una solución a determinada demanda desde parámetros o conceptos no compartidos.  Una cuestión clave es la interpretación que tiene cada cultura sobre “calidad de vida”.
El documento muestra datos, estadísticas, información cuantitativa, sin embargo la causa de todas esas problemáticas tienen que ver con la cultura. Si bien el conflicto transversal  del desarrollo global está dado por la desigual distribución de recursos, tanto el consumo de alimentos, como la educación y los valores humanos que guían la cotidianeidad (esto implica nociones sobre moral, honestidad, trabajo, dignidad, calidad de vida) son culturales. Y los aspectos culturales no se miden en números porque tampoco pueden compararse. No hay un indicador que pueda demostrar de manera efectiva el desarrollo cultural de una región, porque hasta en una misma comunidad hay distintos grupos con distintas prácticas, valores.
Amartya Sen, en la década del 90, dentro de la institucionalidad de la UNESCO, plantea que el desarrollo es un proceso para fortalecer las capacidades y ampliar las opciones de las personas. Esta concepción de Desarrollo Humano coloca al hombre como centro de la propia acción del desarrollo y se profundiza el concepto de cultura dentro de los términos del desarrollo.
Según el Informe sobre el Desarrollo Humano del año 2004, para lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio y erradicar la pobreza definitivamente  es necesario construir sociedades inclusivas y diversas en términos culturales, ya que es a partir de la expresión cultural plena de la gente que puede lograrse el desarrollo.
El fin del desarrollo humano es poder dar la mayor cantidad de opciones a la gente para que puedan elegir el tipo de vida que deseen, y brindarles las herramientas para esas decisiones.
Actualmente la incapacidad de este desarrollo está ligada a asuntos políticos y económicos, problematizando desde la protección de los derechos humanos hasta el fortalecimiento de la democracia. Las poblaciones pobres - en su mayoría minorías religiosas o étnicas - no tienen acceso igualitario a empleos, escuelas, hospitales, justicia seguridad y servicios básicos que el resto de la sociedad.  Por lo general no se reconoce explícitamente a estas identidades culturales, y ello es causa de persecuciones, represiones, exclusiones y discriminaciones económicas, sociales y políticas.
La incapacidad de hacerle frente a esta exclusión genera algo más que injusticia, ya que origina problemas reales para el futuro asociados al desempleo, a generar juventudes desmotivadas, a despertar la ira contra el statu quo y  conlleva a situaciones de cambio violentas.

Abordar esta problemática requiere  comprender que las diferencias culturales no debieran ser un generador de conflictos sociales, económicos y políticos, y que los derechos culturales deben tener un lugar fundamental tanto como las de tipo económico o político.
El panorama político del siglo XXI está atravesado por la diversidad de etnias, religiones, idiomas y valores dentro de cada territorio, y ante la inminencia de la globalización las culturales locales perciben un desplazamiento que exige y demanda políticas culturales de conservación  y desarrollo de la diversidad.
Es posible ver que los países en desarrollo tienen mucha riqueza cultural, con tradiciones diversas en el arte, la música o la lengua, y aunque la globalización de la cultura de masas sea una amenaza para ellas, también representa nuevas oportunidades de lograr acceso a mercados mundiales por ejemplo del arte, y desde este sentido poder recrear sociedades creativas y vitales.
Una clave para el desarrollo humano es la libertad cultural, ya que para vivir una vida plena, es importante poder elegir la propia identidad, lo que uno es y quiere ser, sin por ello quedar excluido de otras alternativas o perder el respeto por los demás.
Es necesaria la libertad para que cada persona pueda elegir su religión, hablar su idioma, honrar su legado étnico sin temor al castigo o la restricción de oportunidades.
Responder a estas demandas se presenta como un desafío urgente para los Estados. El reconocimiento de la diversidad de identidades apareja una mayor diversidad cultural, que de todas maneras es innegable, y  la participación ciudadana no debe depender de los vínculos culturales que se escojan, por lo que el Estado debe actuar con políticas inclusivas.
El desarrollo y los avances tecnológicos en las comunicaciones y en los medios de transporte han achicado el mundo y cambiado el panorama de la diversidad cultural, lo que se complementa en un contexto en que se percibe el fortalecimiento de la democracia, los derechos humanos y las nuevas redes globales que proporcionan mayores medios para movilizarse.
En el último tiempo las migraciones internacionales se han acelerado, hoy son muchas las personas nacidas en el extranjero, o que viven fuera y  que mantienen estrechos vínculos con sus países de origen. De una u otra manera, hoy todos los países son sociedades multiculturales, compuestas por grupos que se identifican según determinadas características como pueden ser su etnia, religión, lengua, historia cultural, valores y formas de vida.
Por mucho tiempo se creyó que el desarrollo de la diversidad podría debilitar a los Estados, causando conflictos y retrasando el desarrollo, constituyendo motivos por los cuales se han eliminado o ignorado muchas de las identidades culturales en todo el mundo. Establecer un estándar cultural nacional se impuso como posible solución para contrarrestar la diversidad de identidades y eliminarlas bajo una generalidad unificada.
Pero es necesario entender que las identidades étnicas no compiten con el compromiso que mantienen con el Estado en que vivan, reconocer la diversidad no implica que no se pueda a la vez plantear una identidad unificada estatal.
Las identidades no son excluyentes. La falta de estudio y comprensión de los factores culturales hacen creer que los individuos no pueden tener más de una identidad, cuando en realidad se puede identificar con varias (ciudadanía, etnia, género, religión, etc.)
En el siglo XX el paradigma central fue la formación de los Estado Nación y el objetivo implicaba crear dentro de sí culturas homogéneas con identidades singulares, lo que resultó un conflicto de represión, persecución y resistencia.
Recién un siglo más tarde puede pensarse en que la inclusión de los grupos culturales y el reconocimiento de las diferentes identidades es más viable y reduce las tensiones que implicaba pretender que no existían.
Los países no están obligados a elegir entre unidad nacional o diversidad cultural. Promover la unidad es fomentar el respeto por las identidades y demostrar confianza por parte de las instituciones estatales, y esto se define en el diseño de políticas multiculturales.
Aunque existe otro temor para los Estados, que es la globalización, amenazando a las identidades locales y a las nacionales, pero la solución no es volver a las políticas conservadoras ni a los nacionalismos exacerbados, sino que se debe promover el pluralismo y la diversidad dentro de los territorios, porque de todas maneras es inevitable, no se puede negar lo que existe.
Tampoco se puede afirmar que la cultura es estática, se recrea constantemente en la medida que cada individuo se cuestiona y adapta su valores y prácticas a la realidad.
La libertad cultural consiste en ampliar las opciones individuales y no en preservar valores o prácticas con una lealtad ciega a la tradición; se trata de que la gente pueda ser y vivir como le parezca. Los Estados deben velar por esas culturas y sus transformaciones, orientándolas hacia el desarrollo, y este proceso de desarrollo debe incluir la participación activa del pueblo en la lucha por los derechos humanos.
El desarrollo humano requiere más que salud, educación, un nivel de vida digno y libertad política. El Estado debe reconocer y acoger las identidades culturales de los pueblos y las personas deben ser libres para expresar sus identidades sin ser discriminadas en otros aspectos de su vida. La libertad cultural es un derecho y un importante aspecto del desarrollo humano y, por consiguiente, digno de la acción y atención del Estado.
Los acuerdos para compartir el poder en general han resultado fundamentales para resolver las tensiones, y de hecho de eso se tratan las verdaderas democracias, de poder primero reconocer la diversidad y la voz de cada habitante para luego darle el poder de decisión política, social y cultural.
Desde el documento  “Estrategia y Desarrollo de la Cooperación española”, la cultura se define, no ya como una dimensión accesoria del desarrollo, sino como el tejido mismo de la sociedad y como fuerza interna para su desarrollo.
Al igual que el informe sobre Desarrollo Humano 2004, desde España, se proponen enfrentar el desafío de construir sociedades inclusivas y diversas en términos culturales, apoyándose en el derecho a la diversidad y la libertad cultural permitiendo el reconocimiento de múltiples identidades.
Fomentar la participación en los procesos de desarrollo, y referirse a un desarrollo cultural exclusivamente, son las bases para la cooperación al desarrollo con repercusiones positivas en los beneficiarios.
Con el objeto de integrar la dimensión cultural de la Cooperación Española se propone realizar diagnósticos precisos sobre las realidades culturales, en sus determinados contextos, identificando problemáticas precisas y diseñando acciones acorde; introducir indicadores de impacto cultural y social en las evaluaciones, fomentar la participación de la población, aportar a la cultura distintos proyectos y programas de cooperación al desarrollo; fomentar el diálogo y la cooperación mutua entre las culturas; integrar y respetar las lenguas y manifestaciones culturales minoritarias; integrar el concepto de diversidad cultural.
Para ello se plantean líneas estratégicas con base en la formación de capital humano para la gestión cultural con énfasis en proyectos de cultura y desarrollo. Por lo que ponen énfasis  en facilitar procesos que contribuyan a la creación y mejora de agentes y  profesionales en el sector cultural, potenciando su autonomía en la gestión de las diferentes dimensiones de la vida cultural con incidencia en el desarrollo y fomentando la difusión de valores y contenidos compartidos de la cultura en la comunidad internacional que puedan generar beneficios tangibles y un desarrollo propio y sostenible.
Por otro lado se plantea la dimensión política de la cultura en su contribución al desarrollo, una de las implicancias fundamentales de la cultura radica en el desarrollo político, por lo que se proponen valorar los diferentes aportes de las políticas culturales para mejorar la gobernanza, fomentando así el desarrollo institucional de los ámbitos culturales incidiendo en los procesos de cohesión social.
Por lo que se puede observar un rol protagónico y activo de la gestión cultural en las bases del desarrollo cultural, como promotores y agentes del cambio y mejoría.
Respecto a la relación crucial de la economía y la cultura, tan importante para determinar los inicios del desarrollo, se plantea una relación en la que ambas partes condicionan el desarrollo sostenible, la gobernabilidad, la ciudadanía, la competitividad, la equidad y la consolidación de una identidad que radica en valores positivos.
Se plantea entonces potenciar el aporte de la cultura al crecimiento económico mediante el fomento, creación y producción de empresas, industrias e instituciones culturales y creativas, así como también estimular la creación de empleos culturales y la búsqueda de una creatividad productiva, favoreciendo su conexión con otros sectores productivos y de servicios.
Teniendo en cuenta que el desarrollo cultural es fundamental para el desarrollo integral es evidente que el financiamiento de tal se debería percibir en sí como una inversión de alta rentabilidad social, ya que la elevación de la calidad humana incide de manera directa en el  desarrollo global. Pero por lo menos en América Latina, esta concepción de la cultura como un proyecto estratégico se contradice con la precariedad  que caracteriza a los mecanismos financieros que otorgan recursos para su desarrollo.
La visión que se mantiene, es aún instrumentalista del desarrollo cultural, subordinado siempre a otras prioridades y obligado a mostrar su utilidad para otros fines. La visión economicista de él como reflejo de lo que ocurra en áreas como el crecimiento económico o la simple ganancia, han hecho que los mecanismos de financiamiento no sean coherentes, estables o sistemáticos, ni abarquen todas la áreas culturales, tampoco se incentiva la colaboración de fondos públicos, privados e internacionales. Las notables excepciones al respecto, funcionan más como enclaves autónomos que como dinamizadores globales.
Carente de una institucionalidad normativa y orgánica para la obtención de recursos, en momentos de crisis económica o social, el sector más vulnerable es el cultural.
La falta de estudios exhaustivos y comparativos a nivel regional no permite la realización de un diagnóstico adecuado que pueda utilizarse para la elaboración de políticas culturales.
Por otro lado la falta de lineamientos estratégicos de financiamiento por parte de las instituciones públicas, hace que se sigan repitiendo esquemas, normativas y modalidades inadecuadas y antiguas, y que no se actualicen o innoven áreas que carecen de financiamiento público y tampoco es fluido el financiamiento privado.
La ausencia de políticas de financiamiento de la cultura trae aparejado problemas para la producción, la difusión, el acceso y la preservación patrimonial. También afecta a las relaciones internacionales, porque no se  reconocen ni generan los recursos, así como tampoco se conocen las prioridades.
Concluyendo así a considerar que el papel de la gestión cultural en el ámbito de la cooperación al desarrollo, debería basarse en lo más próximo a los lineamientos estratégicos que se plantean en España. Visto y considerando ese documento, habiendo razonado el desarrollo cultural como parte constitutiva y a la vez transversal del desarrollo humano, resulta claro definir entonces que la gestión cultural debe trabajar en un concepto amplio de cultura que incluya la multiplicidad de identidades reconociendo, fomentando y protegiendo la diversidad cultural.
La principal herramienta de los gestores serán las políticas culturales, por lo que el compromiso estatal debe existir en la medida que se planteen claros diagnósticos y estratégicas intervenciones para satisfacer las necesidades culturales.
Respecto a la dimensión económica de la cultura, la legislación también será un asunto crucial, pero no debe reducirse la opción del financiamiento al sector público sino que incluir al sector privado es un desafío que es necesario afrontar, sobre todo pensando en el desarrollo de los sectores con alto potencial de comercialización a nivel internacional.

Los derechos culturales y la mejor calidad de vida deberán ser los motivos suficientes para poder plantear líneas de acción efectivas que permitan el desarrollo cultural de la población con que se trabaje.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Conservación y Revitalización de Patrimonios Urbanos

El presente trabajo de investigación tiene como objetivo la lectura, interpretación e investigación sobre la Carta Internacional para la conservación de ciudades históricas y áreas urbanas históricas, (WASHINGTON 1987)



La carta de Washington refiere a los núcleos urbanos de carácter histórico, grandes o pequeños, comprende todo tipo de poblaciones (ciudades, villas, pueblos, etc.) y, más concretamente, los cascos, centros, barrios, barriadas, arrabales, u otras zonas que posean dicho carácter, con su entorno natural o hecho por el hombre.
 Más allá de su utilidad como documentos históricos, los referidos núcleos son expresión de los valores de las civilizaciones urbanas tradicionales. Actualmente se hallan amenazados por la degradación, el deterioro y, a veces, por la destrucción provocada por una forma de desarrollo urbano surgida de la era industrial que afecta a todas las sociedades.

El objetivo del documento  es definir los principios, objetivos, métodos e instrumentos de actuación apropiados para conservar la calidad de las poblaciones y áreas urbanas históricas y favorecer la armonía entre la vida individual y colectiva en las mismas, perpetuando el conjunto de los bienes que, por modestos que sean, constituyen la memoria de la humanidad.

Sus objetivos se basan en la conservación de los espacios urbanos históricos en relación a una eficacia dada por la integración coherente al desarrollo socio-económico actual del contexto, y también al planeamiento territorial y urbanístico.
Lo que se intenta conservar está ligado a los valores de carácter histórico de la población o del área urbana incluyendo elementos materiales y espirituales que determinan su imagen.
Para lograr el objetivo se propone la participación y el compromiso de los habitantes como factor determinante, ya que a ellos concierne la conservación. Las intervenciones en las poblaciones y áreas urbanas históricas deben realizarse con prudencia, método y rigor, evitando dogmatismos y atendiendo a la particularidad de cada caso.
El plan de conservación debe comprender un análisis de datos, particularmente arqueológicos, históricos, arquitectónicos, técnicos, sociológicos y económicos, realizados por estudios multidisciplinares, para poder definir la principal orientación y modalidad de las acciones que han de llevarse a cabo en el plano jurídico, administrativo y financiero. Su intención final es lograr una relación armónica entre el área urbana histórica y el conjunto de la población.
Y como ya se dijo que la población es un factor determinante, el plan para ser aplicado debe contar con la adhesión de los habitantes.
Esta carta tiene como antecedentes y complementos, la carta de Venecia de 1964 y la de Nairobi en 1976.
La primera es la Carta Internacional sobre la
Conservación y la Restauración de Monumentos y de Conjuntos Histórico-Artísticos, que tiene como fin conservar y revelar los valores estéticos e históricos del monumento y se fundamenta en el respeto a la esencia antigua y a los documentos auténticos.
Mientras que la segunda es la
Recomendación relativa a la Salvaguardia de los Conjuntos Históricos o Tradicionales y su Función en la Vida Contemporánea, que considera que los conjuntos históricos forman parte del medio cotidiano de los seres humanos en todos los países, que constituyen la presencia viva del pasado que los ha plasmado y que garantizan al marco de vida la variedad necesaria para responder a la diversidad de la sociedad y que, por ello mismo, adquieren una dimensión y un valor humano suplementarios, y por ende propone la activa de protección y reanimación de los conjuntos históricos y de su medio, en el marco de la planificación nacional, regional o local.
A partir de la bibliografía consultada y de la asistencia a las VII Jornadas Internacionales de Experiencias de Revitalización de Cascos Históricos (septiembre de 2015) y las III Jornadas Latinoamericanas de Patrimonio y Desarrollo (abril 2016) planteo la siguiente reflexión acerca de la importancia de la revitalización de los espacios históricos que se ubican dentro de las urbanizaciones actuales.

Como principal disparador ante las temáticas de conservación y restauración de ciudades y áreas históricas, es a qué espacios podemos definir bajo estos conceptos, cual es el patrimonio que se debe conservar.
En primer instancia para ello hay que entender a la ciudad y a las construcciones urbanas como artefactos culturales construidos por las personas que la habitan. Son el escenario de la innovación en lo establecido. Son el espacio de vitalidad, de inversión social y económica. Y dentro de ellas, los Cascos Históricos conforman el área donde se condensa su memoria.
Las ciudades son dinámicas, a lo largo de la historia crecen y cambian su economía según el contexto y por ello cabe el análisis de la conservación de determinados usos, costumbres, edificios, monumentos, etc.

El espacio urbano es un proceso, evoluciona con acciones constructivas y destructivas, que generan valor físico (territorial) y valor socio-cultural, con sus propios significantes. Todo lo que sucede en un tiempo y un espacio determinado converge en este proceso.

Los espacios urbanos históricos son espacios con alto significado institucional, patrimonial, arquitectónico, social, arqueológico y claramente histórico. Constituyen una unidad cultural y urbanística que ante el desarrollo continuo permanecen con cierto carácter singular dentro de las ciudades.
Al estar inmersos en la vorágine diaria de las ciudades modernas el deterioro trasciende los factores habituales, excediendo la contaminación, flujo de peatones, abultada cantidad de tránsito vehicular, modificaciones edilicias cercanas, cambios climáticos, el impacto de las múltiples actividades que se desarrollan en su proximidad, por lo que se ve amenazada su sustentabilidad, debiendo depender de políticas y planes de Conservación y Revitalización.

Actualmente este patrimonio esta atacado por la multiculturalidad y la pluriculturalidad, entre nuevos valores entramados en un campo de poder, al punto que el valor puede ser discutible pero el significado no.
Al ser el patrimonio urbano el desarrollo propio de una comunidad, manifiesta una memoria colectiva, constituye una historia fundamental para proyectar las metas del futuro.

Resulta fundamental para abordar la cuestión la concepción de nuevos enfoques de gestión, de replantearse el patrimonio y establecer una relación dinámica y activa con la historia que nos rodea.
El Director General del Casco Histórico de Buenos Aires, invita a pensar el patrimonio como una anomalía del capitalismo, ya que es una pieza/Espacio que no se actualizó en relación a la modernidad, y su carácter principal debe radicar en saber qué y para qué está ese patrimonio ahí, sin dejar de tener en cuenta la ampliación de derechos ciudadanos y el mantenimiento de la historia, de la identidad de los pueblos.
Teniendo en cuenta que el patrimonio arquitectónico y monumental de los espacios urbanos está constantemente habitado y transitado, es necesario volver sobre el cuestionamiento de “qué y para qué”.
El entorno urbano es percibido y valorado por las personas que lo habitan y usan, tiene un valor morfológico, antropológico, cultural, territorial, que supera la mirada meramente arquitectónica. Es decir que debemos abarcar el tema de una manera compleja, interdisciplinaria, y sobre todo estratégica.
Como dice en sus objetivos metodológicos la Carta de Washington (y sus antecedentes) es fundamental el rol que toman los actores que intervienen en el contexto inmediato de las zonas a conservar. Es la comunidad actual la que debe interpelarse ante el patrimonio, pero claro, primeramente debe reconocerlo como tal.
Es necesario que se conserve la arquitectura pero más importante aún es que se conserve el valor simbólico que genera el sentido de pertenencia, la identificación y legitimación del patrimonio en cuestión, porque solo así podrá mantenerse, mediante el compromiso y el respeto ciudadano que encuentran en él un arquetipo de su propia historia.
Por lo que podemos deducir que la cuestión de la conservación está estrechamente ligada a la educación. Inculcar valores identitarios de reconocimiento ante determinados símbolos (Edificios, barrios, ciudades) es prácticamente un legado socio-cultural que debe trabajarse desde la propia comunidad.
Aprender la historia de nuestro espacio implica también vivirla, habitar esos espacios, reconceptualizarlos, vincularse con lo histórico implica desnaturalizarlo, conocerlo y así entonces poder conservarlo desde la conciencia del relato que trasciende y atraviesa la vida de cada comunidad.
Es fundamental que el ciudadano se sienta identificado para sentirse comprometido y de esa manera convertirse en un actor activo para la conservación, restauración y la revitalización del patrimonio (tanto material como inmaterial) .
Esto debe motivarse, además de la educación, desde políticas gubernamentales, que generen espacios de participación ciudadana y, porque no, que puedan valerse de planes de gestión mixtos que incluyan el aporte económico de sectores privados, ya que el conjunto de arquitectura y monumentos históricos concentrados en un espacio conforman un recurso turístico.

Vivir, revitalizar, habitar un espacio histórico es parte de retomar la identidad, desarrollar cierta sensibilidad y reconocer el dato de historia y simbología. Por lo que tanto el ciudadano local como el turista deben tener un paso consciente, para que no deba convertirse en un espacio-museo, porque es ahí donde empieza a ser un objeto ajeno integrado a un circuito urbano, deben estar siempre incluidos en la concepción de ciudad que se habita cotidianamente.

Cuando en las III Jornadas de Desarrollo y Patrimonio se planteaban los casos de espacios urbanos históricos se lo hacía desde una “nueva” concepción del desarrollo, que implica un accionar sustentable y sostenido.
Las ciudades son el marco de todos estos patrimonios, y deben ser el hilo conductor de la historia de los centros urbanos en la edad contemporánea. Hay que tomarse el tiempo de hacer el ejercicio de redescubrir, retomar y encontrar los valores particulares de cada una.
Y estamos en un momento en que debemos encausar el rumbo de la superpoblación de los micro-centros que contienen cascos históricos. La sostenibilidad se logra con recursos sustentables, con la peatonalización y brindando las herramientas necesarias de seguridad e instrucción. Hay que analizar cuál es el punto medio de urbanización moderna por sobre el casco histórico teniendo en cuenta aristas como la abundante comunicación visual en la vía pública, el cableado, la luminaria, los vendedores ambulantes, la organización vial, la señalética, los colores de pintura de la fachada, para que pueda coexistir la identidad histórica y sus nuevas manifestaciones. Es importante que exista el diálogo entre la tradición y las nuevas formas.

La cuestión que debe vincular a la Gestión Cultural con el sector turístico necesariamente tiene que partir de bases sustentables, con transito moderado, para mantener la integridad pero a la vez pudiendo ser usado, compartido, vivido.
Trabajando sobre ejes de rescate de memoria, planificación urbana (modificación en altura de edificación y protección), educación patrimonial (en escuelas, concientización) y acciones de sensibilización (para el habitante y para el turista), acciones de comunicación para fomentar el conocimiento y la valorización, y la generación de un turismo local acorde para el mismo pueblo. Apoyado  en la legislación patrimonial, con mecanismos de financiamiento estatal y/o privado; y ocupándose desde unidades profesionales interdisciplinarias de trabajo.

Retomar la Carta de Washington es fundamental para el desarrollo urbano y turístico de una comunidad. Debe ser considerada la herramienta principal para guiar los lineamientos de planificación de las políticas culturales y acciones que interpelen a los espacios urbanos, sentando las bases de proyectos sustentables y sostenibles en el tiempo, es decir que no dependa de los gobiernos que ejerzan, y si estando en revisión según los cambios eventuales lo requieran.



domingo, 28 de agosto de 2016

INDUSTRIAS CULTURALES ARGENTINAS


Análisis de las Industrias Culturales nacionales, qué abarcan y en qué situación se encuentran según los últimos datos que facilitó el SinCA, el MICA y distintos profesionales del ámbito.



Siendo muy clara en sus palabras la socióloga Stella Puente define a las Industrias Culturales como aquellas que intervienen en la producción de bienes y servicios culturales, es decir aquellas relativas a editoriales, música y audiovisual, implicando empresas, productores o emprendedores que intervienen en la producción de los mismos.
Las Industrias Creativas en realidad complementan y amplían el concepto de Industria Cultural sumando más actores, desde los 90, incorpora a aquellos sectores que desde la creatividad y el intelecto  aportan en el desarrollo de esta economía. Se suman entonces artes escénicas, conceptos de patrimonio, arquitectura, sectores que antes estaban por fuera del ecosistema tradicional de las Industrias Culturales concebidas como tales desde su origen.
La importancia de este sector se basa en dos características fundamentales,  primero la importancia en el impacto económico y lo social, la contribución en crecimiento en el PBI, el empleo, en lo productivo, pero por sobre todo importa el impacto simbólico que tienen, son industrias que intervienen en el imaginario social desde los productos y servicio culturales que ofrecen.
El campo de las Industrias Culturales está compuesto por grandes conglomerados, grupos transnacionales,  pequeñas empresas, pero cada vez hay más emprendedores y creativos, y esto se debe a lo digital. Aumentan los productores aunque el problema luego sea la distribución, la comercialización y como llegan a la audiencia. Por lo que es fundamental regular el campo para garantizar la sostenibilidad y la diversidad.
Es muy importante garantizar porcentajes de producción local en relación a la circulación de lo global, es decir, que los contenidos sean diversos en esa construcción de la cosmovisión de cada región. Tener políticas en el sector para garantizar lo diverso en el espacio y los accesos.
Las nuevas tecnologías marcan un nuevo paradigma, tanto para el productor como para el consumidor.  Cambia la manera en que se percibe el producto, la manera en que la audiencia se acerca y consume. Y por ende cambia  el negocio, ya que se ven afectadas las  formas de intercambio y claramente de formato.
Otro factor que presenta cambios que afectan a las Industrias Creativas es sin duda es la economía general del país,
En el Informe de coyuntura económica sobre la cultura argentina que realizó el SInCA – Sistema de Información Cultural de la Argentina- sobre el desempeño de las Industrias Creativas publicado en otoño del 2016, se perciben los siguientes datos:


SECTOR AUDIOVISUAL
El sector audiovisual  está integrado por el cine, la animación, la televisión y la publicidad.
Es el sector más fuerte de la industria cultural argentina, representando el 38,5 % del PBI cultural. Los avances tecnológicos lo han obligado a adaptarse constantemente a la hora de registrar, producir, consumir y distribuir su producto.
En nuestro país, el sector audiovisual creció un 164% entre el 2004 y el 2013, principalmente por las políticas de apoyo y fomento a la producción instrumentadas por el INCAA, y por la creación de la Ley de servicios de comunicación audiovisual, lo que posibilitó un incremento de producciones televisivas locales y la creación de nuevas pantallas.
El avance de internet, sumado a las multiplataformas, redes sociales, dispositivos de reproducción, comunicación y consumo, requiere cada vez más contenidos audiovisuales. Esto genera una gran oportunidad (demanda) para las industrias culturales que nuestro país posee y exporta.

El comercio exterior de servicios audiovisuales ascendió a 400 millones de dólares en el 2014, ubicando al país como el 4to exportador mundial. El crecimiento y la calidad de los proyectos son incesantes.
 CINE
El año 2015 marcó un hito en la industria del cine en la Argentina, ya que más de 50 millones de personas asistieron a las salas, por lo que la recaudación subió  superándose los 3.000 millones de pesos (un 53,5% más que en 2014)
La cantidad de films nacionales realizados durante 2015 creció un 5,8% con respecto al año anterior. Aunque la proporción de estrenos locales y extranjeros sigue siendo muy pareja desde los últimos años.
Y a pesar del aumento en la cantidad de films nacionales el porcentaje de recaudación y espectadores se contrajo respecto del total en comparación con 2014.
Así, en 2015 las películas nacionales obtuvieron una recaudación inferior a la de 2013.

TELEVISIÓN
Entre 2009 y 2013 se verificó un fuerte crecimiento en las exportaciones de servicios culturales, principalmente  del sector audiovisuales y, entre éstos, los vinculados a la TV.
En 2014, las exportaciones del sector se ubicaron levemente por debajo de los 300 millones de dólares, y aunque cayeron con respecto a 2013, fueron más del doble que hace diez años. 
En ese mismo año también las ventas de servicios audiovisuales al resto del mundo se contrajeron un 11,1%.

PUBLICIDAD
Según la CAAM (Cámara Argentina de Agencias de Medios), en 2015 la inversión publicitaria superó los 48.000 millones de pesos, lo que significa un crecimiento anual del 17,4% con respecto al año anterior.
El 48% de la inversión del sector se destinó a televisión; el 32%, a medios gráficos y el 20% restante, a otros medios. No obstante, datos de años anteriores permiten conjeturar que la participación del sector Internet en la pauta publicitaria supera el 15% del total.
Los recursos publicitarios asignados a televisión y otros se incrementaron un 43% y los destinados a medios gráficos, un 32% (sin contar internet)

SECTOR EDITORIAL
En Argentina el 85% de población lee habitualmente en diversos formatos: diarios, libros, revistas y pantallas.
 en estos últimos años se profundizó la concentración del sector en manos de un grupo de editoriales de origen trasnacional, cuyas veinte firmas concentran la mitad del mercado local. Además, más del 90% de esta producción se realiza en el área metropolitana de la Ciudad de Buenos Aires.

De este modo, el sector editorial está compuesto por los grandes grupos editoriales, por un gran número de pequeñas y medianas empresas editoriales con una larga tradición en el mercado a las que se suman nuevas editoriales surgidas en los últimos años.

En cuanto a la distribución, cuenta con una importante red de librerías distribuidas en todo el país, donde también observamos una tendencia a la concentración en dos grandes cadenas de librerías que dificultan el desarrollo de proyectos independientes.

Durante 2015 la cantidad de ejemplares de libros impresos  disminuyó un 35,9% con respecto al año anterior.
Se imprimieron 82 millones de unidades, (en 2014 habían sido 129 millones).
En 2015 la cantidad de títulos editados fue de 28.966, un 3,4% más que en 2014; pero disminuyó en un 38% el promedio de ejemplares por título, que pasó de 4.603 en 2014 a 2.855 en 2015.
El promedio de circulación de diarios pagos mantuvo una tendencia descendente, se contrajo un 3,3%. Si bien los cuatro principales (Clarín, La Nación, La Voz del Interior y La Gaceta) se mantienen en las mismas posiciones y todos ellos registran una baja en el promedio de circulación neta, la brecha entre el más vendido y el segundo, Clarín y La Nación respectivamente, se reduce un poco cada año.
Con respecto a 2014, la cantidad de diarios en circulación se incrementó de 35 a 36 en 2015.
Si bien venía registrándose una muy leve suba en la cantidad de revistas gratuitas en circulación, en 2015, ésta se contrajo con respecto al año anterior, pasando de 30 a 28. En tanto, las revistas pagas también redujeron su cantidad, de 80 en 2014 a 79 en 2015.
Con respecto a 2014, el promedio de circulación de revistas gratuitas se incrementó un 13,4%, mientras que la circulación promedio de revistas pagas se contrajo apenas un 0,1%.


SECTOR MÚSICA
La industria de la música si bien genera un producto intangible implica muchos actores en su producción, el artista es el eje y su desarrollo profesional está ligado a : sellos discográficos (editores y distribuidores), representantes (managers), productores (bookers), técnicos de sonido (vivo o estudio) y múltiples servicios abocados a la música (diseño, comunicación, audiovisual, etc).

Los avances en la tecnología  hicieron posible que los músicos tengan  nuevas  herramienta de circulación y promoción y puedan trabajar desde la autogestión. La aparición de las redes sociales, páginas web y estudios de grabación de acceso más directo, e incluso las plataformas de financiamiento colectivo y los medios de comunicación, entre otras variables, han servido de soporte para el desarrollo, producción, difusión, promoción y comercialización de trabajos musicales.
El desarrollo tecnológico ha quebrado los modelos de negocio establecidos y el monopolio de un mercado que no ha sabido leer e interpretar los cambios de los últimos veinte años en esta industria. Actualmente las obras llegan al público ya no solamente en formato físico, sino también digital, en modalidades pagas o gratuitas.
Como respuesta y frente al complejo escenario de una carrera extremadamente competitiva, muchos artistas han decidido mantener una esencia propia, sin ajustarla a parámetros comerciales estrictos solamente en busca del rédito económico. El éxito, podría decirse, está basado en una búsqueda, individual o colectiva, sobre aquello que se quiere transmitir y, no por ello, dejar de lado la calidad ni las posibles ganancias.

En este rubro, la información que facilita el SinCa se relaciona con la música en vivo, y es notable el crecimiento  que se percibe en los shows de músicos internacionales.
Ante la falta de datos del/desde el sector, el SInCA se guió por lo publicado en internet, respecto de las funciones promocionadas, a partir de lo que se supo que los shows internacionales  del 2015 se incrementó un tercio más que en 2013 (sobre todo por un tipo de cambio atractivo para las productoras).
Y por otro lado los shows de argentinos en el exterior tuvieron mayor éxito, por ejemplo la artista Violetta realizó 145 shows , que la posicionaron en el puesto N°15 de recaudación a nivel internacional (con 76,8 millones de dólares).


ARTES ESCENICAS
En la Argentina este sector muestra un fuerte desarrollo,  actualmente  cuenta con aproximadamente 1100 salas distribuidas en todo el territorio, aunque observamos una marcada concentración en el área metropolitana de Buenos Aires, Mar del Plata, costa atlántica y la provincia de Córdoba.
Las artes escénicas se componen por el teatro en todos sus géneros: la danza, el teatro danza, el teatro de títeres y objetos, la performance, la comedia musical, la ópera y sus géneros. Cada una de estas disciplinas muestra particularidades regionales y locales, conformando un mapa de enorme diversidad.
Este sector enfrentan al desafío de hacerse visibles no solo como un actor protagónico en la construcción simbólica de nuestra cultura, sino como un importante sector económico generador de trabajo directo e indirecto. El arte escénico es complejo, no tiene capacidad de almacenamiento, es necesariamente en vivo y su circulación es distinta a la de los productos musicales, editoriales o audiovisuales. Las obras pasan, son efímeras, las giras tienen un tiempo de duración. En cierto sentido es un arte mucho más ligado a la producción que a la reproducción y esto marca una diferencia respecto a otras industrias culturales, sobre todo en su consumo y divulgación.
En 2015, estos teatros recibieron 4.687.774 espectadores en 13.884 funciones, lo que arroja un promedio de 338 espectadores por función. Si bien la cantidad de espectadores disminuyó en alrededor de 100.000 frente al 2014, las funciones aumentaron en casi 1.000. Esto implica una consolidación en la cantidad de espectadores anuales, ya que desde el año 2010 se posicionaron siempre por sobre los cuatro millones y medio (el pico se produjo en 2011 con 5,1 millones).
La relación entre la concentración de espectadores y la disponibilidad de salas y oferta de espectáculos se verifica  por la gran cantidad de espectadores por función registrada en las localidades del interior del país, circunstancia que da cuenta de una demanda insatisfecha.
Además, los datos permiten apreciar una asociación positiva entre la cantidad de funciones y de espectadores; es decir que toda vez que aumentaron las funciones, lo hizo también la cantidad de asistentes.

(Este análisis está basado en los datos del Complejo Teatral de Buenos Aires (Teatros Colón, General San Martín, Presidente Alvear, Regio, Sarmiento y De la Ribera) y del Teatro Nacional Cervantes, y con los datos de AADET.)



PATRIMONIO Y MUSEOS
El patrimonio de una región es sin duda su identidad, su historia, el retrato más fiel de su trayectoria y permanencia. Mantener el patrimonio, tangible (Como los edificios) y el intangible (Como  las tradiciones y costumbres) es deber del Estado y de los ciudadanos.
Respecto a las Industrias Culturales, ellas son “causa y consecuencia” podría decirse de la propia cultura del lugar, porque se crean a partir de lo que se vive en la comunidad y a la vez siguen resignificando y construyendo significados y significantes. El patrimonio es un documento histórico, vivo, que debe ser habitado en la medida que pueda usarse y protegerse.
Es así como para su mantenimiento pueden formar parte de museos, o mismo forman parte de atractivos turísticos más grandes, conformando circuitos urbanos o naturales.
Durante el 2015 los museos dependientes del Ministerio de Cultura convocaron más de 1.500.000 visitantes. Según datos proporcionados por el Ministerio de Cultura, en 2015 se otorgaron 466 licencias de exportación de obras de arte para exposición, con lo que se llegó a un máximo de la serie. Cada licencia responde a una solicitud y puede otorgarse para exportar varias obras de arte; en este caso, las 466 licencias permitieron que alrededor de 4.000 obras de arte emigraran temporalmente para participar de muestras o exposiciones, lo que representó un aumento del 30% respecto al año anterior.
En cambio, la cantidad y los montos registrados por obras de arte vendidas al exterior experimentaron un descenso en 2015. De 350 licencias de venta expedidas en 2014, se pasó a 253 en 2015, lo que, en términos monetarios, equivale $15.830.322 y $10.301.739, respectivamente

Es notable, como vemos, que el impacto de las nuevas tecnologías modifica el acceso, la difusión, a producción y la percepción de los bienes y servicios culturales, pero que este cambio resulta positivo, ya que se percibe un crecimiento en todos los sectores de las industrias creativas.

En líneas generales:
  • el cine recuperó su poder de convocatoria y creció la cantidad de films nacionales realizados;
  • se imprimieron menos libros pero más títulos que en 2014;
  • bajó la circulación neta diaria de diarios pagos;
  • creció la circulación promedio de revistas gratuitas y disminuyó la de revistas pagas;
  • el total de shows internacionales representó un tercio más que en 2013;
  • casi la mitad de la inversión publicitaria se destinó a la televisión.


El dinamismo que tomó el sector  significa un 3% del PBI total del país. Un amplio aporte, que según las cuentas del MERCADO DE INDUSTRIAS CULTURALES ARGENTINAS (MICA)  implican $100.000 millones anuales en producción y 500.000 puestos de trabajo.
Actualidad muy favorable que ojalá siga desarrollándose en el tiempo, con el énfasis en los agentes locales, pero claro que el rol fundamental lo debe ocupar el Estado fomentando y trabajando para garantizar mayores y mejores oportunidades a los productores del sector cultural local, proponiendo y estableciendo políticas que fortalezcan el intercambio regional e internacional valorando por sobre todas las particularidades la diversidad de contenidos, que contribuya a desplegar y conformar una industria con mayor alcance para que el público sea el mayor posible.
Es necesario lograr tener un mercado nacional competente hacia el exterior, diverso y basto hacia el interior, dando chance a la multiplicidad de expresiones, identidades y estéticas culturales que presenta nuestro país. Siendo el ideal que en el consumo interno prevalezca la calidad y la cantidad de producción argentina contribuyendo a reforzar los valores sociales, de unidad y respeto, y  un imaginario social de legitimidad a la industria nacional.

 Como CONCLUSIÓN puede notarse el impacto positivo en todas y cada una de las áreas de las Industrias Culturales, que se proclaman en constante crecimiento. Habrá que ver como impactan las constantes crisis ciclicas que afronta cada (aproximadamente) 10 años el país. Y en que medida la elasticidad de los bienes y servicios culturales se adecua  a los altibajos económicos.






FUENTES:
  • ·         Informe de coyuntura económica sobre la cultura argentina SInCA – Sistema de Información Cultural de la Argentina / Año 8 Nro. 15 – Otoño 2016
http://www.sinca.gob.ar/sic/estadisticas/csc/index.php

  • ·         Página del MICA
https://mica.cultura.gob.ar/


  •     Entrevista a Stella Puente por Emprende Cultura
·         http://emprendecultura.net/2014/10/stella-puente-de-que-hablamos-cuando-hablamos-de-industrias-culturales/


  • ·         Nota de Télam en diálogo con Natalia Calcagno
http://www.telam.com.ar/notas/201506/108747-la-industria-cultural-alcanzo-una-produccion-record-de-70000-millones-de-pesos-equivalente-a-casi-3-del-pib.html

jueves, 3 de diciembre de 2015

INDUSTRIAS CULTURALES Y DESARROLLO LOCAL

INTRODUCCIÓN
En el presente trabajo se establece un paralelo entre dos aspectos constitutivos de la cultura, las industrias culturales -asociadas a lo global-  y la gestión cultural - en relación al desarrollo local- . Ante todo, se especifica, que no es una comparación, ya que son ámbitos de trabajo diferenciados  y vinculados a la vez, y ambos determinan aspectos tanto de homogeneización como de heterogeneidad de cada sociedad.
El concepto de cultura manejado se entiende como el campo de producciones simbólicas, que incluye -según Achugar (1999)- la producción artística tradicional -literatura, pintura, música, teatro y equivalentes- así como el conjunto de bienes y servicios relacionados tanto con lo se ha llamado «alta cultura» como lo que resulta de las «industrias culturales» o «cultura masiva» -radio, televisión, revistas, discos, conciertos, recitales, videos, cable, etc.-, de la «cultura popular» o «cultura folclórica» -artesanías, eventos populares del tipo ferias, «fiestas folclóricas», etc.- y de las diversas instituciones «culturales» -casas de cultura, museos, galerías, etc.-. Sería, entonces, como explica Stolovich, un proceso social de producción simbólica realizado por el trabajo creativo, que a cierta altura de su evolución se configuraría como una actividad económica independiente en el marco de la división social del trabajo.


DESARROLLO
De los distintos procesos iniciados desde siglos anteriores, y que progresivamente cobraron generalidad y dominancia desde el siglo XX, como lo son  la industrialización de la producción cultural y  la transformación de los productos culturales en mercancías -a partir de innovaciones tecnológicas en la reproductibilidad de las obras creativas y en la telecomunicación-, el ensanchamiento del tiempo de ocio y su uso crecientemente «mercantilizado», la transformación de las condiciones y relaciones sociales bajo las cuales realiza su trabajo el artista -y la consiguiente aparición de nuevos agentes y de una nueva división del trabajo cultural; nacen las industrias culturales como una rama económica independiente.
Cabe enmarcar este proceso de consolidación de la Industrias Culturales dentro de otro mayor y general que es la globalización. Potenciado por un sistema político-económico capitalista con tendencias liberales, donde los mercados se erigen en conceptos puramente consumistas y responden a los intereses financieros de los grandes capitales. Las empresas son, poco a poco, las que tejen y destejen las relaciones internacionales, reduciendo cada vez más el accionar de los Estados. Los consumos masivos tienen una magnitud tan grande como desenraizada, con valores globales, que ofrece productos cosmopolitas subsidiarios de una “cultura internacional popular”. Es cuando predomina la imagen de marca, en una situación que Scott Lash define como Cultura Global de la Información, que implica además de una nueva lógica en la comunicación pública tres condiciones particulares: lo nacional es desplazado por lo global, la lógica de la información desplaza a la lógica industrial y la lógica de lo cultural desplaza a la lógica de lo social.


El desarrollo económico, la producción y la difusión de la cultura se industrializan. Se produce a gran escala en fábricas, con recursos tecnológicos modernos, todos los signos creados.
“Se crean formatos industriales aún para algunas artes tradicionales y la literatura. Los mensajes se difunden empleando satélites, fibra óptica o redes telemáticas. La propia actividad de creación intelectual, de carácter artesanal, apela a los recursos tecnológicos modernos (como la informática por ejemplo).” (Stolovich 2015)
La cultura se industrializa en cuanto se avanza sobre el grado de reproductibilidad de la obra creativa, que crea prototipos que se reproducen masivamente.
“Emergen entonces las llamadas industrias culturales, aparatos económicos dedicados a la producción, distribución comercial y comunicación masiva, de las creaciones culturales, así como de la información y el entretenimiento -que también son cultura en un sentido amplio-. Zallo, R. (1988) define las industrias culturales como el «conjunto de ramas, segmentos y actividades auxiliares industriales productoras y distribuidoras de mercancías con contenidos simbólicos, concebidas por un trabajo creativo, organizadas por un capital que se valoriza y destinadas finalmente a los mercados de consumo, con una función de reproducción ideológica y social». (Stolovich 2015)
El término Industrias Culturales, nace con una connotación tan contradictoria como negativa. En lo que refiere a la Industria se relacionan conceptos como vender, comprar, consumo, masivo, producción estandarizada y en serie; mientras que Cultura apela a lo único e irrepetible sin tener la capacidad de ser estandarizado.
Luego de la Primer Guerra Mundial, los filósofos alemanes Adorno y Horkheimer –ambos de la escuela de Frankfurt- plantean en el artículo "La industria cultural. Iluminismo como mistificación” (1944-1947)  profundas críticas sobre la función de los medios de comunicación (cine, radio, fotografía), que estaba consolidándose en las sociedades, analizando especialmente la industria del entretenimiento estadounidense.
Consideraban que los medios de comunicación servían al hombre asalariado para distraerse en su tiempo libre, pero la mecanización ejerce tanto poder que hasta el tiempo de ocio y su felicidad están condicionados por la fabricación de productos determinados, a los que el hombre accede solo a copias y que lo siguen manteniendo en una sucesión automática de operaciones reguladas, quitándole toda posibilidad de  esforzarse intelectualmente para crear un criterio propio.
Adorno, en 1967, sostenía que la industria cultural tiende a hacer mediocre e insulso su contenido, siendo esta la manera de poder acceder a toda la población, y dejando así, que el arte puro se reduzca a lo vanguardista y exclusivo con un claro nivel superior.  En su texto “La industria Cultural” afirmaba que los comerciantes culturales de la industria se basaban en el principio de su comercialización, dejando de lado el contenido y la construcción exacta. Los bienes culturales dejan de valerse por su espíritu, y su motivación es el beneficio económico e inmediato. Y la inmediatez, será, la primicia que corrompe con la autonomía y la pureza de las obras de arte.
Horkheimer y Adorno, desde una postura marxista, analizan la producción cultural en el marco de la estructura socioeconómica en el cual se inserta, y aprecian la manera en que la lógica del beneficio atraviesa la esfera de la cultura en el sistema capitalista avanzado. En sus análisis pudieron prever lo que sucedería tiempo después, con la conformación y consolidación de grandes monopolios de la cultura, a la vez que se homogeneizan cada vez más los bienes simbólicos, conformando así un estilo único, que solo busca el triunfo de lo comercial, o banalizar lo artístico a costa de la diversión. A su juicio, la industria cultural fija de modo ejemplar la quiebra de la cultura, su caída en la mercancía. La transformación del acto cultural en valor suprime su potencia crítica y disuelve en él los rastros de una experiencia auténtica.
Entonces, según estos autores, la Industria Cultural, representa la economía de la cultura, refiriéndose a una economía capitalista, que desarrolla determinados medios técnicos para producir bienes  y servicios culturales en forma masiva, tales como el arte, el entretenimiento, el diseño, la arquitectura, la publicidad, la gastronomía, el turismo, la producción de contenidos para los medios tradicionales (diarios, revistas, televisión, cine, radio) y para los medios digitales, como internet (revistas y diarios online, tv y radio digital, móviles, ipod, iphones, etc), los equipos culturales (museos, teatros, cines), y hasta la educación. Todo con un mensaje general, que puede aplicarse cruzando fronteras y creando identificaciones desenraizadas. Promueven un consumo masivo que convierte los bienes culturales en simples objetos de consumo, quitándoles la exclusividad de la experiencia y el valor simbólico único e irrepetible (por la producción en serie).
Los estudiosos de Frankfurt, tuvieron una visión muy globalizadora, y fue esto lo que quizá los hizo ser tan deterministas. Siendo que bajo la producción industrial amalgamaron el jazz, las historietas, el cine y la radio, sin discernir que aún masificados, cada sector de la industria, tenía (y tiene) su particularidad.  Además de elevar al arte como algo sagrado, imposible de hacer llegar a tantos.
Umberto Eco les contesta, desde “Apocalípticos e Integrados” (2001), objetando que sus lecturas fueron sobre la cultura de masas sin percatarse de la cultura de masas. El autor critica que la Escuela de Frankfurt caracteriza a los objetos y bienes de baja categoría y con escasas cualidades a partir de una comparación con las características del arte verdadero, sin profundizar en un análisis de lo que realmente se consume. Tilda a los filósofos alemanes de Apocalípticos, ya que  consideran que la cultura de masas y sus medios de difusión destruyen las características de cada grupo étnico, porque piensan que el público no expresa sus preferencias y por consiguiente se mantiene conforme a lo que les ofrecen, que no es más que entretenimiento.

No hay que dejar de lado ningún punto de cada análisis de los autores, pero tampoco hay que permitirse justificar a las industrias culturales por la uniformidad que imponen con el fin de la rentabilidad económica y de asegurarse el control ideológico sobre los productos culturales, o de negar que la mercantilización amenaza constantemente a la cultura. Y si, reconocer, que la crítica a estas industrias está directamente influenciada por la nostalgia de una experiencia cultural de vínculos con la tecnología. Es preciso entender que los cambios de forma y comunicación, que las transformaciones  por y con las innovaciones, son resultado de los avances globales y generales en cuestiones de comunicación y tecnologías, que afectan a todos los ámbitos de la vida humana, por ende el sector cultural no está exento de las modificaciones y adaptaciones a la coyuntura en la que se encuentra.

Puede plantearse, para comprender mejor, desde Bourdieu, considerar a la cultura como un campo intelectual, un espacio social de acción y de influencia dentro del cual se desarrollan determinados vínculos sociales, condicionados por relaciones de poder (dominante-dominado), estructurado como un sistema de relaciones en competencia y conflicto entre los grupos, situaciones y posiciones culturales, políticas, intelectuales y artísticas. Dentro de las cuales explica “Si a medida que se multiplican y se diferencian las instancias de consagración intelectual y artística, tales como las academias y los salones, y también las instancias de consagración y difusión cultural, tales como las casas editoriales, los teatros, las asociaciones culturales y científicas, a medida, asimismo, que el público se extiende y se diversifica, el campo intelectual se integra como sistema acá vez más complejo y más independiente de las influencias externas (en adelante mediatizadas por la estructura del campo), como campo de relaciones dominadas por una lógica específica, la de la competencia por la legitimidad cultural” (Bourdieu, 1966)

La consolidación de las Industrias Culturales genera un nuevo paradigma de consumo cultural, que determina su campo de acuerdo a un sistema capitalista acelerado, en el cual los productos son desechables en pos a las modas y criterios que impongan las grandes marcas, que guían el “buen gusto” y definen los status culturales.
Es decir que en el sigloXX , los productos culturales son mercancías, el reconocimiento social de lo simbólico opera desde el mercado, y el acceso a la cultura depende de la capacidad de pagar los valores que ese mercado le pone a los productos.
La producción simbólica se transforma en producción mercantil de los símbolos, con valores de uso que responden a determinadas necesidades sociales.

Es preciso agregar una definición realizada por la UNESCO que define el término concretamente, “de forma general, se considera que hay industria cultural cuando los bienes y servicios culturales se producen, reproducen, almacenan y difunden según criterios industriales y comerciales: es decir, en serie y aplicando una estrategia de tipo económico” (Unesco, 1982).

Teniendo en cuenta, como dice Stolovich, que los productos culturales constituyen la identidad nacional de los países tanto como las identidades locales, es necesario adentrarse en esta relación asimétrica que gira en torno a la globalización (transculturización) e identidad nacional, y las relaciones entre la protección de la cultura nacional y el necesario equilibrio entre lo propio y lo ajeno, pudiendo generar relaciones de intercambio y no invasiones culturales, para lo que se debe apelar a la intervención pública y no solo a la lógica del mercado. La globalización de la economía se contrapone al proteccionismo de los bloques nacionales a la vez que la potencialidad de la mundialización de los mensajes culturales se interpone en las decisiones políticas que tratan de impedir la invasión de las industrias culturales.

Respecto al proceso de hibridación, García Canclini (2001) señala: “La modernización disminuye el papel de lo culto y lo popular tradicionales en el conjunto del mercado simbólico, pero no los suprime. Rebusca el arte y el folclore, el saber académico, y la cultura industrializada, bajo condiciones relativamente semejantes” (p. 18). Las culturas híbridas combinan de una manera nueva y compleja, lo moderno y lo tradicional, lo regional, lo nacional y lo transnacional, lo culto, lo popular y lo masivo.
El desarrollo local, que pareciera un fenómeno nuevo para los análisis teóricos (en tanto se estudia su planificación, ejecución y evaluación), como si se tratara de una tendencia actual, es sin embargo, la forma de desarrollo más antigua que realiza el hombre, ya que en un principio, adherido al suelo, las comunidades basaban su desarrollo en relación – casi sacralizada- al territorio. La cultura social se basaba en el aprovechamiento del suelo, por ende los principios de organización siempre fueron locales.

Los conceptos modernos occidentales sobre tiempo y espacio –transformados por las nuevas tecnologías-, la mas movilidad laboral ampliada, la globalización de los consumos y modelos culturales, las identidades desenraizadas y despersonalizadas sobre todo en los espacios públicos, fueron superponiéndose – desde el sXIX y sobre todo en el sXX -  a las localidades, tapando parte de los discursos  que organizaban hasta entonces la ecología humana.

El desarrollo local,  entonces es como lo define Albuquerque, “un proceso reactivador de la economía y dinamizador de la sociedad local que, mediante el aprovechamiento eficiente de los recursos endógenos existentes en una determinada zona, es capaz de estimular su crecimiento económico, crear empleo y mejorar la calidad de vida de la comunidad local.

En el siglo XIX, en Argentina – como en la mayoría de los países de Latino América – la aglomeración urbana de las masas proletarias y su movilización política, generaban un foco de tensión problemático que da origen a la cuestión social.
Como solución a esta cuestión, las elites de fines de siglo, consolidan los Proyecto Nación, que se caracterizaban sobre todo por su idea de homogeneidad cultural,  basada en la uniformidad y la integración de los inmigrantes. En dicho proyecto, se da la integración de las masas a esa cultura homogénea por medio del acceso a la educación pública, la participación política (Ley Saenz Peña), y la integración sociocultural (con el peronismo), en beneficio tanto de la democracia como del capitalismo e su fase fordista, sobre todo para satisfacer la demanda de mano de obra y consumo masivo de los mercados internos.

A la vez, el importante desarrollo tecnológico de la prensa y la radioteledifusión, sumado a la reproductibilidad técnica de las obras de artes –como ya se mencionó-  por parte de las industrias del entretenimiento, fueron claves para la constitución de una autentica ciudadanía, con su moderna esfera de “opinión pública” definiendo lo que llamamos Cultura de Masas.

Los medios masivos de comunicación y los productos baratos vulgarizaban la cultura, “la polémica sobre el imperialismo cultural gira en torno de la esfera de la producción  y de la distribución de una “cultura de masas”, el cine nacional vs. Hollywood, telenovelas vs. series extranjeras, música popular vs. Rock and roll. Ese es el punto neurálgico, el núcleo donde se erige la integridad del Ser Nacional” (Ortiz, 1997).

Es innegable que hay una suerte de democratización de esta nueva cultura de masas, integradas en las primeras formas de una sociedad de bienestar, que devienen sociológicamente como nuevas clases medias. Éstas quedan en medio de la tradicional disputa entre “cultura culta” y “cultura popular”.
Como dice Ortiz, el eje de la distinción y el privilegio social debido a la exclusividad cultural se desplaza, depende menos como antes de la mera posesión de cultura y comienza a resonar en la indignada defensa de la burguesía del “verdadero arte” como bastión del patrimonio cultural elitista.

En un balance mas general, ésta dialéctica deviene en dos realidades incontestables: la reducción de las fronteras y distancias educativas y culturales, y en el poder de sanción de la legitimidad cultural disputado y ganado por la industria y la política de masas (Amatriain, 2008).
Desde la cultura local, vale la crítica de la homogeneidad a las Industrias Culturales, y podría vincularse esta a las reivindicaciones de tipo nacionalista que impugnan al imperialismo cultural. Apuntando contra la estandarización industrial de productos masivos y “americanizados”.
La mercantilización de la cultura transforma los bienes culturales en mercancías, y por ende vaciados de su genuino contenido y valor. El desarrollo sociocultural, en este sentido, debe preguntarse también sobre la calidad de esta producción cultural y mediática, y sobre los modos y sentidos de su consumo.

Los modos que conlleva la mercantilización propia de un sistema capitalista exacerbado,  generan una tendencia consumista que impulsa constantemente tener “el último producto”, “estar a la moda”, definir “buen o mal gusto”, etc., reduciendo a todos los objetos, más allá de sus peculiaridades, usos y valores, al fin. El consumismo es una “adquisición de actos de consumo” antes que de objetos, y su lógica impone el desecho inmediato de las mercancías para habilitar nuevos consumos.
“Esta cultura no durable como mercancía-desecho es precisamente eso: basura, como la que fabrica y desecha nuestra sociedad por toneladas infinitas cada día; el equivalente cultural del fast-food o la “comida chatarra”, que llena pero no nutre ni tiene identidad”. (Amatriain, 2008, p. 246).
El trabajo desde y en la cultural local, está determinado por estos factores de consumo, por el aluvión de productos internacionales, por la carencia de políticas públicas que fortalezcan los consumos locales y fomenten las identidades regionales.

Los consumos masivos y generales, muchas veces requieren de cierto esfuerzo para la interpretación, por ejemplo un subtítulo en una película, o buscar traducir la letra de una canción en otro idioma, como si a fin de cuentas el individuo tuviera que adaptarse al consumo y no el producto adaptarse al individuo, casi revirtiendo o reinventando la demanda en relación a la necesidad, que pasa a ser una necesidad social para satisfacer la pertenencia o identificación, y no una necesidad ante una demanda natural de identidad.

En contraposición, los productos o experiencias que ofrece la cultura local garantizan ser únicos y exclusivos, asegurando el trabajo artesanal o personal y aumentando su valor experiencial, aunque parezca lo contrario.
Los bienes culturales locales son fiel reflejo de la cada cultura, y está en mayor o menor medida influenciado por las demás culturas, o a veces quizá se valga de su valor de autenticidad por estar arraigado a símbolos o significados autóctonos, que es la característica que le permiten mantenerse exclusivos en determinada cultura.
La valoración de los bienes culturales producidos a escala local, quizá cuenten con mayor valor de conservación y perduren más, por el hecho de no formar parte de una moda de consumo y ser considerados como “tradicionales”, como bienes “típicos” que trascienden porque son más que un objeto, son símbolos de una historia, pertenecen a un relato que cuenta determinada identidad, y este valor, que supera la identificación momentánea, genera una relación diferente con ese bien que además tiene la característica de ser artesanal.
Respecto a las experiencias que brinda la cultura local, generan y trabajan conceptos arraigados a la historia que atraviesa a esa sociedad. Un grupo de actores recreando una historia de una leyenda o mito regional, está contando mucho más que eso, está poniendo en escena una historia particular, con un mensaje cargado de connotaciones peculiares, con un dialecto, un humor, una concepción del cuerpo y del espacio, una forma de narrar y un contenido puramente condicionado por lo local y que a su vez condiciona a ese mismo ámbito, dejando entrever representaciones e imaginarios sociales de ese entorno. Y el público que la presencie, si es de afuera, podrá percibir esa particularidad y enriquecer su experiencia que entonces deja de ser solo el valor simbólico de ir al teatro; y si el público es local verá reflejada su historia  y contribuirá a fortalecer su identidad y su representación sobre el propio espacio.

El desarrollo local de la cultura está en constante tensión, y no debe caer en los extremos. Es innegable la diversidad cultural que coexiste en las diferentes ciudades, y hasta si se quiere en los barrios, y es imposible poner una barrera al sinfín de productos culturales que llegan por la televisión, la radio, los libros, internet, etc. Las culturas locales se conforman con esa hibridación de lo propio y lo ajeno, la cuestión es no reducirse en regionalismos pero tampoco perder la identidad nativa por consumir irracionalmente productos ajenos.

Es decir que los conceptos culturales con los que se trabaja desde y con lo local serán aquellos que se definen y se incluyen en una forma integral de vida creada histórica y socialmente por una comunidad a partir de su particular manera de resolver –desde lo físico, emocional y mental- las relaciones que mantienen con la naturaleza, consigo misma, con otras comunidades y con lo que considera sagrado, con el propósito de dar continuidad, plenitud y sentido a la totalidad de su existencia. (Santillán Güemes, 2000).


CONCLUSIÓN
Concluyendo, respecto a los productos de las Industrias Culturales, su funcionalidad y eficacia social se traducen en una inmensa demanda genérica de cultura en sentido amplio, como conocimiento, información, tecnología, artes, consumo simbólico. Son un gran masaje colectivo para adaptar las sociedades su reproducción y desarrollo de mercancías, transmitiendo mensajes masivos, ofreciendo experiencias generales, produciendo en serie identificaciones de una "cultura de masas global" que por más cosmopolita que parezca está lejos de producir heterogeneidades o productos híbridos.
Se podría analizar la cultura en dos aspectos, el macro aludiendo a las Industrias Culturales y un análisis micro para las culturas locales. El hecho macro es que tiene efectos multiplicadores en efectos. Tiene un impacto social que trasciende a un acto de consumo en tanto se trata de bienes socialmente valorados; en tanto que desde lo micro se sostiene un comportamiento colectivo en el que el usuario potencial o real se implica emocional y subjetivamente de forma intensa, en tanto se apela a su subjetividad y conocimiento y de los que se derivan el puro consumo, la fruición o el rechazo. (Zer, 22, 2007).
La oferta cultural total -incluyendo las industrias como los pequeños o medianos productores- tiene efectos sociales cualitativos, sea en la recreación de la identidad colectiva de una comunidad que pende tanto de la producción propia como de la influencia de la cultura importada, y  es fuente también de integración social, tanto por los valores y estéticas que socializa como por el training permanente que supone el contacto con la cultura.

Y respecto al trabajo en el ámbito local, la propuesta de la gestión cultural debería repensar  su desarrollo como un proceso de recuperación de la comunidad de proyecto construida entre quienes comparten un hábitat común, subrayando la diversidad y la multiculturalidad que se han instalado definitivamente como una característica inalienable de la experiencia humana.

Ciertamente cada pueblo, cada ciudad, cada municipio tiene su propio relato fundacional sobre el que se van superponiendo otras experiencias de apropiación del espacio territorial, y la labor del Gestor Cultural es realinear esa comunidad de origen con una propuesta creativa y abierta de comunidad de destino. Y eso ya es política cultural, que implica estudios particulares, planificaciones y planes de acción concretos, para locual se debería indagar en el espacio local con sus normas, tradiciones, representaciones y conductas reconocidas por todos sus habitantes, sus recursos técnicos y económicos, su identidad – y si esta diferenciada y por qué de otros espacios-, y la visión de sus habitantes sobre su relacion con el territorio.

Lo que existe actualmente son fusiones que están siendo actualizadas constante e infinitamente, pero lo que es fundamental, es que por mas que cambien sus formas, las culturas locales tienen – y deben tener- la capacidad de definirse y diferenciarse, generando identidades y sentidos de pertenencia, basándose en el desarrollo de la comunidad, actuando como factor de cohesión social, fortaleciendo y fomentando los vínculos sociales.
La cultura local se vale de la cotidianeidad y sus productos están comprometidos con lo que afecta a la comunidad, deben trabajar por la inclusión y la interacción de todas sus partes y sobre todo mantener la identidad pero no por eso dejar de innovar.


Trabajar desde y con lo local, desde la gestión cultural, implica articular el acto de conocer con el acto de saber establecer una agenda dinámica de compromisos comunes con el menor nivel de conflictos posibles, apelando a la creatividad para plasmar demandas, satisfaciendo necesidades y  sin modificar el ethos del pueblo.


BIBLIOGRAFÍA
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La industria cultural, Galerna, Buenos Aires, p. 7-20.
ARMAND MATTELART Y JEAN-MARIE PIEMME : Problematica general y definiciones.  III. LAS INDUSTRIAS CULTURALES: GÉNESIS DE UNA IDEA

García, N. (2001). Culturas Híbridas. Barcelona: Paidós.

Héctor Ariel Olmos y Ricardo Santillán Güemes, Culturar: las formas de desarrollo, Ciccus, 2008
La Escuela de Frankfurt y el concepto de Industria Cultural  .Herramientas y claves de lectura

Pierre Bourdieu  CAMPO DE PODER, CAMPO INTELECTUAL  Itinerario de un concepto, MONTRESSOR

Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, 2010, vol.16, nº 3. (sep.-dic.), pp.55-711

Ramon Zallo, La economía de la cultura (y de la comunicación) como objeto de estudio. 1988
http://fido.palermo.edu/servicios_dyc/publicacionesdc/vista/detalle_articulo.php?id_articulo=8733&id_libro=416